Comienza

En la escuela teníamos una asignatura que no era asignatura del todo. Si no recuerdo mal, se impartía una vez a la semana y la llamaban marrazketa librea. Durante una hora infinita, los alumnos podíamos dibujar aquello que quisiéramos, sin una temática impuesta, sin limitaciones de estilo. ¡Era un ejercicio de libertad! Algunos niños representaban su casa en cinco trazos. Otros, su familia. La alumna más aventajada pintaba un caballo perfectamente detallado, con pelos en la crin y una sonrisa prácticamente humana. Yo solamente dibujaba monstruos.

Monstr

Hoy en día, ningún profesor habría dudado en acudir al pedagogo de turno, o en recomendar a mis padres una terapia infantil urgente. Mi entonces tutora adivinó lo evidente y restó importancia al asunto: los monstruos son atractivos. Siempre lo han sido. Al fin y al cabo, se trata de un recurso literario, una manera de agarrar todo aquello que se escurre de la razón y el orden. Ya decía Kappler que en la Edad Media casi resultaba más común encontrarlos en las crónicas de viaje que en la propia Literatura. En una época en la que los instrumentos del conocimiento se revelaban frágiles, estas criaturas fantásticas conseguían un aura de totalización; cosificaban los miedos más enterrados, saciaban las inquietudes y los sueños de las mentes curiosas, les guiaban por los erráticos senderos del desconocimiento; en definitiva, proponían una explicación simbólica y profunda a aquellas realidades que no siempre resultaban evidentes. Leí hace no mucho el monstruario escrito por el cirujano Ambroise Paré y que publicó Jacobo Siruela junto al escurridizo Malaxecheverría. Paré concebía al monstruo como aquello que se escapa de los límites del conocimiento contemporáneo, y colocaba en la misma balanza un demonio marino que una jirafa o una piedra gigantesca de riñón.

Yo no era consciente de nada de esto cuando empecé a escribir mis catorce monstruos y una historia real. No había leído ningún libro teórico sobre el tema, mis personajes no tenían ni garras ni colmillos, no poseían las características propias del género, y, sin embargo, instintivamente, intuitivamente o qué sé yo cómo supe que se trataba de un libro teratológico. Supongo que aquellas clases de marrazketa librea tuvieron algo que ver.

El insomnio me devolvió esta extraña ciudad. Y mis personajes –monstruos en el sentido clásico del término– evitaron que me desorientara al explorarla. Me guiaron por pasadizos oscuros y galerías inquietantes. En esos lugares escondidos encontré un museo de relaciones rotas,  catacumbas rebosantes de religiosidad, pasillos anoréxicos obstruidos por modistos gritones y gesticuleros, salas idénticas, aburridas, repletas de números…

 

 

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